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Adviento Waldorf: la Navidad no se compra, se espera.

Foto del escritor: natalia calvo meruelo
natalia calvo meruelo
hace 21 horas
3 min de lectura

Actualizado: hace 1 hora

Quizá tu hijo no necesita más regalos. Necesita que llegue la Navidad.

Hay algo que hacemos todos los años y que, si te paras a pensarlo, tiene bastante poco sentido.

Queremos que llegue la Navidad cuanto antes.

Ponemos luces en noviembre. Compramos regalos en octubre. Organizamos comidas, cenas, actividades, calendarios y mil cosas más.

Y cuando por fin llega el 24 de diciembre, estamos agotados.

Los niños también.

Y entonces me pregunto: ¿en qué momento nos hemos olvidado de disfrutar de la espera?

Porque de eso trata precisamente el Adviento.

En la pedagogía Waldorf, el Adviento no es simplemente un calendario con chocolatinas detrás de cada ventanita. Tampoco es una excusa para comprar otro objeto bonito que acabará olvidado en un cajón.

Es algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más profundo.

Es aprender a esperar.

Es encender una vela cada semana. Preparar un pequeño rincón en casa. Pasear por el bosque recogiendo tesoros de la naturaleza. Contar historias. Cantar canciones. Hacer pan, decorar naranjas con clavos de olor o colocar pequeñas figuras que van dando forma al camino hacia la Navidad.

Sin prisas.

Sin necesidad de llenar cada minuto.

Porque los niños no necesitan que les organicemos una Navidad espectacular. Necesitan vivirla.

La magia no está en el 24 de diciembre

Está en los días anteriores.

En esa pequeña emoción de levantarse por la mañana y descubrir qué ha cambiado en el rincón de Adviento.

En el olor a canela que sale de la cocina.

En las manos pequeñas que intentan hacer una estrella de papel.

En una historia contada a la luz de una vela.

En ese momento en el que la casa se queda en silencio y parece que, por fin, el mundo va un poquito más despacio.

Eso también es educación.

Y probablemente sea de las cosas más valiosas que podemos regalar a nuestros hijos.

La pedagogía Waldorf propone vivir este tiempo de manera gradual, acompañando el desarrollo del niño a través de imágenes, cuentos, naturaleza, belleza y pequeños rituales.

No hace falta hacerlo perfecto. Ni tener una casa de revista. Ni comprar materiales carísimos.

De hecho, cuanto menos necesites comprar, mejor.

Una rama, unas piedras, una vela y un poco de imaginación pueden convertirse en algo extraordinario.

Y aquí viene lo importante…

No conviertas el Adviento en otra obligación.

No necesitas preparar 24 actividades, fabricar 24 regalos ni convertirte en una madre artesana profesional.

Si un día no haces nada, no pasa nada.

Si una actividad sale regular, tampoco.

Si tus hijos prefieren jugar con las piedras antes que colocarlas en el rincón de Adviento, déjales.

El objetivo no es crear una Navidad bonita para fotografiarla.

Es crear recuerdos que tus hijos puedan llevarse dentro.

Porque dentro de unos años probablemente no recordarán qué juguete recibieron aquel diciembre.

Pero quizá sí recuerden cómo olía la casa, quién les contaba cuentos, cómo encendían juntos las velas y aquella pequeña tradición que repetíais cada año.

Y eso, créeme, no se compra.

Este Adviento, en lugar de preguntarte qué más puedes hacer por tus hijos, prueba a preguntarte qué puedes dejar de hacer para estar más presente.

Quizá ahí empiece la verdadera magia de la Navidad.


Y si sientes que este año quieres vivir el Adviento de otra manera, con menos plástico, menos prisas y menos exigencias, y con más naturaleza, conexión y momentos compartidos con tus hijos, quiero invitarte a algo.

He creado el Kit de Adviento Silvestre Waldorf, una propuesta para acompañaros durante estas semanas y recuperar la ilusión de esperar la Navidad.

Una experiencia que incluye una caja artesanal Premium y 3 encuentros de sostén en vivo, para que no tengas que hacerlo todo sola y puedas disfrutar del camino con acompañamiento.

Solo hay 10 plazas disponibles.

Rellena el formulario para inscribirte o envia Adviento a whatsapp

Este año, no corras hacia la Navidad.

Vívela. Espérala. Disfrútala junto a tus hijos.

Porque quizá, dentro de veinte años, eso sea precisamente lo que más recuerden.





 
 
 

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